¿Llamas fe a algo que no quiere obedecer? ¿De verdad crees en Jesús si Su ley te estorba? ¿Qué nombre merece una “gracia” que te deja cómodo con lo que Dios prohíbe?
Eso incomoda porque toca el centro. Todos queremos oír que la fe salva, y eso es verdad. Nadie se justifica por portarse bien. Solo Cristo salva. Pero precisamente por eso es tan grave torcer el evangelio. Si la fe verdadera te une a Jesús, no puede dejarte en guerra contra lo que Él llama bueno. Una fe que nunca quiere obedecer no necesita excusas; necesita examen.
Romanos 3:31 (NBLA)
“¿Anulamos entonces la ley por medio de la fe? ¡De ningún modo! Al contrario, confirmamos la ley.”
Ahí está la respuesta. La fe no vuelve obsoleta la ley; la confirma. No te deja sin dirección; despierta en ti el deseo de vivir de acuerdo con lo que Dios manda. Y esta palabra no da rodeos: si dices que tienes fe, pero no quieres vivir según la ley de Dios, no estás frente a un detalle menor. Puede ser que no seas salvo y que termines en el infierno.
Esa obediencia no se encierra en lo privado. El discipulado empieza cuando tú mismo te rindes a la ley de Dios, pero no termina ahí. También te mueve a enseñar a otros a vivir bajo ese mismo orden. La gracia no es permiso para desobedecer; es el poder que el Espíritu Santo te da para obedecer. La fe salva, sí. Y la misma fe, cuando es verdadera, te empuja a obedecer, a perseverar y a formar a otros en ese camino.
Donde hay fe viva, también hay hambre de obedecer. No obediencia perfecta todavía, pero sí un corazón rendido que ya no quiere negociar con lo que Dios llama pecado.