“Y no encubrí mi iniquidad” (Salmo 32:5, NBLA).
Hay temporadas en que el alma se reseca y nadie lo nota. Por fuera sigues funcionando. Por dentro algo se va cerrando. Se te roba la paz. Te cuesta dormir. La tristeza se queda más tiempo del normal y la ansiedad empieza a hablar más duro. Algunas puertas parecen trabarse. Pero lo más grave no siempre es el dolor visible. Lo más grave es la distancia. Te sientes lejos de Dios mientras cargas en silencio lo que sabes que no Le agrada.
Lo escondido no se sana tapándolo. Se pudre ahí. Gana territorio ahí. El remedio no es maquillar el corazón con frases religiosas. Es confesar. Nombrar. Renunciar. Decir delante de Dios la verdad completa: amargura, envidia, ira, deseo de reconocimiento, hambre de poder, orgullo, resentimiento. No cosas. Nombres.
Y hay momentos en que eso ya no puede quedarse en un murmullo privado. Hay momentos en que el pueblo de Dios tiene que ponerse de pie, abrir los labios y entrar en guerra contra lo que había tolerado. Porque la confesión bíblica no termina en desahogo. Pasa a renuncia. Pasa a desalojo. A declarar que ese ídolo ya no manda, que esa mentira ya no gobierna, que ese yugo no se queda.
Cuando el Espíritu Santo se mueve con libertad, las fortalezas mentales se derriban. Los yugos se pudren. El enemigo no conserva derechos sobre un corazón que vuelve a Dios con humildad y verdad. Tu bienestar no depende del qué dirán. Depende de Dios. Tu libertad no nace de esconderte mejor. Nace de rendirte de verdad.
Y cerca del final, la Palabra vuelve a sonar completa:
Salmo 32:5 (NBLA)
“Te manifesté mi pecado,
Y no encubrí mi iniquidad.
Dije: «Confesaré mis transgresiones al Señor»;
Y Tú perdonaste la culpa de mi pecado. (Selah)”
Ese es el giro. No esconder. Confesar. No justificar. Renunciar. No seguir cediendo terreno sino declarar que tu espíritu, alma y cuerpo pertenecen a Dios. Que tu mente, tu corazón y tu voluntad son del Reino de Dios.
Lo que escondes te aprieta. Lo que confiesas delante de Dios empieza a soltar cadenas.