Iglesia El Faro

Pensamiento

Entre más alto, más recelo

19 de mayo de 2026

Prédica fuente Expedientes Secretos X Ver prédica completa

Ezequiel 28:17 (NBLA) NBLA

¿Te está yendo bien? ¿Has visto crecer tus fuerzas, tus logros, tu nombre? ¿Sientes que ya estás firme, que ya nada te mueve?

Ahí es donde esta palabra duele. No porque el éxito sea malo. Lo peligroso es otra cosa: empezar a vivir como si lo que tienes hubiera nacido de ti. Bajar la urgencia de buscar a Dios, soltar la oración porque ahora todo está marchando bien. El orgullo casi nunca entra gritando. Entra agradeciendo menos. Entra consultando menos. Entra sintiéndose seguro.

Entonces llega la advertencia de Dios:

Ezequiel 28:17 (NBLA)

“Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura;
Corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor.
Te arrojé en tierra,
Te puse delante de los reyes,
Para que vieran en ti un ejemplo”.

Eso es fuerte. Dios no está hablando de un tropiezo ligero. Está hablando de una caída dura, de esas que suenan. Un amigo decía: “A mí me gusta pelear con hombres grandes, porque entre más grandes son, más fuerte es el ruido cuando caen al suelo”. Así pasa con el orgullo: entre más alto llega alguien, más fuerte se oye el golpe. Por eso no basta con decir gracias, Dios de vez en cuando. Cuando más alto estás, más recelo necesitas con tu relación con Dios. Más búsqueda. Más vigilancia. Más temor de Dios. Más conciencia de que si hoy estás de pie, es porque Él te sostuvo.

No te engañes con tu buen momento. No confundas prosperidad con seguridad. Si Dios te ha dado capacidad, puertas abiertas, estabilidad o influencia, no necesitas menos de Dios. Necesitas mucho más.

El pecado aquí tiene nombre: orgullo. El que se infla por dentro. El que empieza a creerse imprescindible. El que mira la Palabra como algo secundario y deja de temblar delante de Dios.

Si hoy te está yendo bien, esta no es palabra para relajarte. Es palabra para apretarte más a Dios. Cuida tu corazón. Cuida tu hambre. Cuida tu dependencia. Entre más alto, más recelo, porque el regalo nunca debe volverse más grande que el Dador.